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Papa: buscar la verdad y aplicar los descubrimientos de una manera que va de la mano con la búsqueda de lo que es justo y bueno

DISCURSO DEL PAPA A LA ACADEMIA PONTIFICIA DE LAS CIENCIAS


Sobre la herencia científica del siglo XX


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 28 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, a quienes recibió en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico.

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Eminencia,

Excelencias,

Distinguidos Señores y Señoras.

Estoy contento de saludarles a todos vosotros aquí presentes con motivo de la Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, para reflexionar sobre “La herencia científica del siglo XX”. Saludo particularmente al obispo Marcelo Sánchez Sorondo, Canciller de la Academia. Aprovecho esta oportunidad también para recordar con afecto y gratitud al profesor Nicola Cabibbo, vuestro llorado presidente. Con todos vosotros, encomiendo su noble alma a Dios, Padre de las misericordias.

La historia de la ciencia en el siglo XX está marcada por indudables logros y avances importantes. Por desgracia, la imagen popular de la ciencia del siglo XX se caracteriza a veces de forma diversa, por dos elementos extremos. Por un lado, la ciencia es considerada por algunos como una panacea, demostrado por los notables logros del siglo pasado. De hecho, sus innumerables avances han sido tan amplios y tan rápidos que parecen confirmar el punto de vista de que la ciencia puede responder a todas las preguntas sobre la existencia del hombre, e incluso sus más altas aspiraciones. Por otro lado, están aquellos que temen a la ciencia y que se distancian de ella, debido a desarrollos preocupantes como la construcción y el terrible uso de las armas nucleares.

La ciencia, por supuesto, no se define por cualquiera de estos extremos. Su tarea fue y sigue siendo un paciente y con todo apasionada búsqueda de la verdad sobre el cosmos, la naturaleza y sobre la constitución del ser humano. En esta búsqueda, ha habido muchos éxitos y fracasos, triunfos y reveses. La evolución de la ciencia ha sido a la vez edificante, como cuando fueron descubiertos la complejidad de la naturaleza y sus fenómenos, superando nuestras expectativas; y humilde, como cuando algunas de las teorías que pensábamos que podían haber explicado los fenómenos de una vez por todas se demostraban solo parciales. Sin embargo, incluso los resultados aún provisionales constituyen una contribución real para revelar la correspondencia entre el intelecto y la realidad natural, en el que las generaciones posteriores pueden basarse para seguir construyendo.

Los progresos realizados en el conocimiento científico durante el siglo XX, en todas sus diversas disciplinas, ha dado lugar a una mayor concienciación sobre el lugar que el hombre y el planeta ocupan en el universo. En todas las ciencias, el denominador común sigue siendo la idea de la experimentación como un método organizado para la observación de la naturaleza. En el último siglo, el hombre ciertamente avanzado más – aunque no siempre en el conocimiento de sí mismo y de Dios, pero sí ciertamente en su conocimiento del macro y microcosmos – que en toda la historia de la humanidad. Nuestro encuentro aquí hoy, queridos amigos, es una prueba de la estima de la Iglesia hacia la investigación científica en curso y de su gratitud por la labor científica, que ella alienta y de la que se beneficia. En nuestros días, los científicos se dan cuenta cada vez más de la necesidad de estar abierto a la filosofía si se quiere descubrir el fundamento lógico y epistemológico de su metodología y sus conclusiones. Por su parte, la Iglesia está convencida de que la actividad científica en última instancia, se beneficia del reconocimiento de la dimensión espiritual del hombre y de su búsqueda de respuestas definitivas que permitan el reconocimiento de un mundo que existe independientemente de nosotros, que no entienden completamente y que sólo podemos comprender en la medida en que aprehendamos su lógica inherente. Los científicos no crean el mundo, sino que aprenden de él y tratar de imitarlo, a través de las leyes y la inteligibilidad que la naturaleza nos manifiesta. La experiencia del científico como ser humano es, pues, la de percibir una constante, una ley, un logos que no ha creado pero que en cambio, ha observado: de hecho, nos lleva a admitir la existencia de una razón todopoderosa, que es distinta de la del hombre, y que sostiene el mundo. Este es el punto de encuentro entre las ciencias naturales y la religión. Como resultado, la ciencia se convierte en un lugar de diálogo, un encuentro entre el hombre y la naturaleza y, potencialmente, incluso entre el hombre y su Creador.

Al mirar hacia el siglo XXI, me gustaría proponer dos ideas para una reflexión más profunda. En primer lugar, a medida que el aumento de los logros de las ciencias acrecientan nuestra maravilla frente a la complejidad de la naturaleza, se percibe cada vez más la necesidad de un enfoque interdisciplinario ligado con la reflexión filosófica. En segundo lugar, los logros científicos en este nuevo siglo deberían ser siempre guiados por el sentido de la fraternidad y la paz, ayudando a resolver los grandes problemas de la humanidad, y dirigir los esfuerzos de todos hacia el verdadero bien del hombre y el desarrollo integral de los pueblos del mundo. El resultado positivo de la ciencia del siglo XXI seguramente dependerá en gran medida de la capacidad del científico de buscar la verdad y de aplicar los descubrimientos de una manera que va de la mano con la búsqueda de lo que es justo y bueno. Con estos sentimientos, os invito a dirigir vuestra mirada hacia Cristo, la Sabiduría increada, y reconocer en su rostro, el Logos del Creador de todas las cosas. Renovandoos mis mejores deseos para vuestro trabajo, os imparto mi Bendición Apostólica.

Benedicto XVI: "Allí habia la teología que buscaba"

DISCURSO DEL PAPA A LOS PARTICIPANTES EN EL SIMPOSIO SOBRE ERIK PETERSON


Audiencia el pasado lunes 25 de octubre


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 27 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció el pasado lunes, al recibir a los participantes en el Simposio Internacional sobre Erik Peterson.

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Eminencias,

queridos hermanos en el sacerdocio,

gentiles Señoras y Señores,

queridos amigos,

con gran alegría os saludo a todos vosotros que habéis venid aquí a Roma con ocasión del Simposio internacional sobre Erik Peterson. En particular le doy las gracias a usted, querido cardenal Lehmann, por las cordiales palabras con que ha introducido nuestro encuentro.

Como Usted ha afirmado, esta año se celebran los 120 años del nacimiento en Hamburgo de este ilustre teólogo; y, casi en este mismo día, el 26 de octubre de 1960, Erik Peterson moría, siempre en su ciudad natal de Hamburgo. Él vivió aquí en Roma, con su familia, durante algunos periodos a partir de 1930 y después se estableció en ella desde 1933: primero en el Aventino, cerca de San Anselmo, y, sucesivamente, en las cercanías del Vaticano, en una casa frente a la Puerta de Santa Ana. Por esto, es para mí una alegría particular poder saludar a la familia Peterson presente entre nosotros, los estimados hijos e hijas con sus respectivas familias. En 1990, junto con el cardenal Lehmann, pude entregar a vuestra madre, en vuestro apartamento, con ocasión de su 80° cumpleaños, un autógrafo con la imagen del papa Juan Pablo II, y recuerdo de buen grado este encuentro con vosotros.

"No tenemos aquí una ciudad estable, sino que vamos en busca de la futura" (Hb 13,14). Esta cita de la Carta a los Hebreos se podría poner como lema de la vida de Erik Peterson. En realidad, él no encontró un verdadero lugar en toda su vida, donde poder obtener reconocimiento y morada estable. El inicio de su actividad científica cayó en un periodo de revueltas en la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial. La monarquía había caído. El orden civil parecía estar en riesgo ante los disturbios políticos y sociales. Esto se reflejaba también en el ámbito religioso, y, de forma particular, en el protestantismo alemán. La teología liberal hasta ahora predominante, con el propio optimismo del progreso, había entrado en crisis y dejaba espacio a nuevas líneas teológicas enfrentadas entre sí. La situación contemporánea planteaba un problema existencial al joven Peterson. Con interés tanto histórico como teológico, él había ya elegido la materia de sus estudios, como afirma, según la perspectiva de que “cuando nos quedamos solos con la historia humana, nos encontramos ante un enigma sin sentido" (Eintrag in das Bonner „Album Professorum" 1926/27, Ausgewählte Schriften, Sonderband S. 111). Peterson, lo cito de nuevo, decidió “trabajar en el campo histórico y afrontar especialmente problemas de historia de las religiones", porque en la teología evangélica de entonces, no conseguía “hacerse camino, entre el cúmulo de opiniones, hasta las cosas en sí mismas" (ibid.). En este camino llegó cada vez más a la certeza de que no hay ninguna historia separada de Dios y de que en esta historia la Iglesia tiene un lugar especial y encuentra su significado. Cito de nuevo: “Que la Iglesia existe y que está constituida de un modo del todo particular, depende estrechamente del hecho que (…) hay una determinada historia específicamente teológica" (Vorlesung „Geschichte der Alten Kirche" Bonn 1928, Ausgewählte Schriften, Sonderband S.88). La Iglesia recibe de Dios el mandato de conducir a los hombres desde su existencia limitada y aislada a una comunión universal, de lo natural a lo sobrenatural, de la fugacidad al final de los tiempos. En su obra sobre los ángeles afirma al respecto: “El camino de la Iglesia conduce de la Jerusalén terrestre a la celeste, (…) a la ciudad de los ángeles y de los santos" (Buch von den Engeln, Einleitung).

El punto de partida de este camino es el carácter vinculante de la Sagrada Escritura. Según Peterson, la Sagrada Escritura se convierte y es vinculante no en cuanto tal, ella no está solo en sí misma, sino en la hermenéutica de la Tradición apostólica, que, a su vez, se concreta en la sucesión apostólica y así la Iglesia mantiene la Escritura en una actualidad viva y al mismo tiempo la interpreta. A través de los obispos, que se encuentran en la sucesión apostólica, el testimonio de la Escritura permanece vivo en la Iglesia y constituye el fundamento para las convicciones de fe permanentemente válidas de la Iglesia, que encontramos ante todo en el credo y en el dogma. Estas convicciones se despliegan continuamente en la liturgia como espacio vivido de la Iglesia para la alabanza de Dios. El Oficio divino celebrado en la tierra se encuentra, por tanto, en una relación indisoluble con la Jerusalén celeste: allí se ofrece a Dios y al Cordero el verdadero y eterno sacrificio de alabanza, del que la celebración terrena es solo la imagen. Quien participa en la Santa Misa se detiene casi en el umbral de la esfera celeste, desde la cual contempla el culto que se realiza entre los Ángeles y los Santos. En cualquier lugar en el que la Iglesia terrestre entona su alabanza eucarística, esta se une a la festiva asamblea celeste, en la cual, en los santos, ya ha llegado una parte de sí misma, y da esperanza a cuantos están aún en camino en esta tierra hacia el cumplimiento eterno.

Quizás este es el punto, en el que debo insertar una reflexión personal. Descubrí por primera vez la figura de Erik Peterson en 1951. Entonces yo era capellán en Bogenhausen y el director de la casa editorial local Kösel, el señor Wild, me dio el volumen, apenas publicado,Theologische Traktate (Tratados teológicos). Lo leí con curiosidad creciente y me dejé verdaderamente apasionar por este libro, porque allí estaba la teología que buscaba: una teología, que emplea toda la seriedad histórica para comprender y estudiar los textos, analizándolos con toda la seriedad de la investigación histórica, y que no les deja quedarse en el pasado, sino que, en su investigación, participa en la autosuperación de la letra, entra en esta autosuperación y se deja conducir por ella y así entra en contacto con Aquel del que proviene la propia teología: con el Dios vivo. Y así el hiato entre el pasado, que la filología analiza, y el hoy, es superado es superado por sí mismo, porque la palabra conduce al encuentro con la realidad, y la actualidad entera de lo que está escrito, que se trasciende a sí misma hacia la realidad, se convierte en viva y operante. Así, de él aprendí, de la forma más esencial y profunda, qué es realmente la teología y llegué a sentir incluso admiración, porque aquí no dice sólo lo que piensa, sino que este libro es expresión de un camino que era la pasión de su vida.

Paradójicamente, precisamente el intercambio de cartas con Harnack expresa al máximo la imprevista atención que Peterson estaba recibiendo. Harnack confirmó, es más, había escrito ya con precedencia e independencia, que el principio formal católico según el cual “la Escritura vive en la Tradición y la Tradición viven en la forma viviente de la Sucesión”, es el principio originario y objetivo, y que el sola Scriptura no funciona. Peterson asumió esta afirmación del teólogo liberal en toda su seriedad y se dejó sacudir, turbar, doblar, transformar por ella, y así encontró el camino a la conversión. Y con ello realizó verdaderamente un paso como Abraham, según cuanto hemos escuchado al inicio de la Carta a los Hebreos: “No tenemos aquí una ciudad permanente". Él pasó de la seguridad de una cátedra a la incertidumbre, sin morada, y se quedó durante toda su vida privado de una base segura y sin una patria cierta, verdaderamente en camino con la fe y por la fe, en la confianza de que en este estar en camino sin morada, estaba en casa de otra manera y se acercaba cada vez más a la liturgia celeste, que le había impresionado.

Por todo esto se comprende que muchos pensamientos y escritos de Peterson quedaron fragmentarios a causa de la situación precaria de su vida, tras la pérdida de la enseñanza, a raíz de su conversión. Pero aún debiendo vivir sin la seguridad de un sueldo fijo, se casó aquí en Roma y constituyó una familia. Con ello expresó de modo concreto su convicción interior de que nosotros, aunque extranjeros – y él lo era de modo particular – encontramos un apoyo en la comunión del amor, y que en el amor mismo hay algo que dura por la eternidad. Él vivió este ser extranjero del cristiano. Se había convertido en extranjero en la teología evangélica y permaneció extranjero también en la teología católica, como era entonces. Hoy sabemos que pertenece a ambas, que ambas deben aprender de él todo el drama, el realismo y la exigencia existencial y humana de la teología. Erik Peterson, como ha afirmado el cardenal Lehmann, fue ciertamente apreciado y amado por muchos, un autor recomendado en un círculo restringido, pero no recibió el reconocimiento científico que habría merecido; habría sido, de alguna forma, demasiado pronto. Como he dicho, él era aquí y allí [en la teología católica y en la evangélica] un extranjero. Por tanto, no se podrá alabar bastante al cardenal Lehmann por haber tomado la iniciativa de publicar las obras de Peterson en una magnífica edición completa, y a la señora Nichtweiß, a la que ha confiado esta tarea, que ella lleva a cabo con competencia admirable. Así la atención que se le dirige a través de esta edición es más que justa, considerando que ahora varias obras han sido traducidas en italiano, francés, español, inglés, húngaro e incluso en chino. Auguro que con esto se difunda ulteriormente el pensamiento de Peterson, que no se queda en los detalles, sino que tiene siempre una visión del conjunto de la teología.

Doy las gracias de corazón a todos los presentes por haber venido. Mi agradecimiento particular a los organizadores de este Simposio, sobre todo al cardenal Farina, el patrono de este acontecimiento, y al doctor Giancarlo Caronello. De corazón dirijo mis mejores augurios para una discusión interesante y estimulante en el espíritu de Erik Peterson. Espero abundantes frutos de este Congreso, e imparto a todos vosotros y a cuantos lleváis en el corazón la Bendición Apostólica.

[Traducción de la versión italiana por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

El Papa: “Mantener la comunión no significa renegar de la tradición”

DISCURSO DEL PAPA EN EL 20 ANIVERSARIO DEL CÓDIGO CANÓNICO ORIENTAL


“Mantener la comunión no significa renegar de la tradición”


ROMA, domingo 10 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación el discurso pronunciado ayer sñabado por Benedicto XVI al recibir en audiencia en el Vaticano a los participantes en el Congreso de Estudio promovido por el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos – en colaboración con la Congregación para las Iglesias Orientales, el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el Pontificio Instituto Oriental – con ocasión del vigésimo aniversario de la promulgación del Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium.

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Señores cardenales,

venerados patriarcas, arzobispos mayores,

queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

Ilustres representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales, distinguidos operadores del Derecho Canónico Oriental,

con gran alegría os acojo en la conclusión del Congreso de estudio, con el que se ha querido oportunamente celebrar el vigésimo aniversario de la promulgación del Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium. Os saludo a todos cordialmente empezando por monseñor Francesco Coccopalmerio, a quien doy las gracias por las palabras que me ha dirigido también en nombre de los presentes. Un pensamiento reconocido a la Congregación para las Iglesias Orientales, al Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y al Pontificio Instituto Oriental, que han colaborado con el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos en la organización de este congreso. Deseo expresar cordial aprecio a los Relatores por la competente aportación científica a esta iniciativa eclesial.

Veinte años después de la promulgación del Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium queremos rendir homenaje a la intuición del Venerable Juan Pablo II, el cual, en su solicitud para que las Iglesias orientales católicas “florezcan y lleven a cabo con nuevo vigor apostólico la misión a ellas confiada” (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Orientalium Ecclesiarum, 1), quiso dotar a estas venerables Iglesias de un Código completo, común y adecuado a los tiempos. Así se ha realizado “la misma voluntad constante de los romanos pontífices de promulgar dos Códigos, uno para la Iglesia latina y otro para las Iglesias orientales católicas” (Const. ap. Sacri canones). Al mismo tiempo, se reafirmó “claramente la intención constante y firme del supremo legislador en la Iglesia respecto a la fiel custodia y diligente observancia de todos los ritos” (Ibid.).

El Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium fue seguido por otros dos importantes documentos del magisterio de Juan Pablo II: la Carta encíclica Ut unum sint (1995) y la Carta apostólicaOrientale Lumen (1995). Además, no podemos olvidar el Directorio para la aplicación de los principios y de las normas sobre el ecumenismo, publicado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (1993) y la Instrucción de la Congregación para las Iglesias Orientales sobre la aplicación de las prescripciones litúrgicas del Código (1996). En estos autorizados documentos del Magisterio diversos cánones del Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium, como del Codex Iuris Canonici son citados, comentados y aplicados casi textualmente a la vida de la Iglesia.

Este vigésimo aniversario no es sólo un acontecimiento celebrativo para conservar su memoria, sino más bien ocasión providencial de verificación, a la que son llamadas ante todo las Iglesias orientales católicas sui iuris y sus instituciones, especialmente las Jerarquías. Al respecto, la Constitución Apostólica Sacri canones ya preveía los ámbitos de verificación. Se trata de ver en qué medida el Código ha tenido efectivamente fuerza de ley para todas las Iglesias orientalessui iuris y cómo ha sido traducido en la actividad de la vida cotidiana de las Iglesias orientales; como también en qué medida la potestad legislativa de cada Iglesia sui iuris ha provisto a la promulgación del propio derecho particular, teniendo presentes las tradiciones de su propio rito, como también las disposiciones del Concilio Vaticano II.

Las temáticas de vuestro Convenio, articuladas en tres unidades: la historia, las legislaciones particulares, las perspectivas ecuménicas, indican un iter de lo más significativo que seguir en esta verificación. Ésta debe partir de la conciencia de que el nuevo Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium ha creado para los fieles orientales católicos una situación disciplinar en parte nueva, convirtiéndose en instrumento válido para custodiar y promover el propio rito entendido como “litúrgico, teológico, espiritual y disciplinar, distinto por cultura y circunstancias históricas de los pueblos, que se expresa en un modo de vivir la fe que es propio de cada Iglesia sui iuris»(can. 28, § 1).

A propósito de esto, los sacri canones de la Iglesia antigua, que inspiran la codificación oriental vigente, estimulan a todas las Iglesias orientales a conservar su propia identidad, que es al mismo tiempo oriental y católica. Al mantener la comunión católica, las Iglesias orientales católicas no pretendían de hecho renegar de la fidelidad a su tradición. Como muchas veces se ha reafirmado, la ya realizada unión plena de las Iglesias orientales católicas con la Iglesia de Roma no debe comportar para estas una disminución de la conciencia de su propia autenticidad y originalidad. Por tanto, la tarea de todas las Iglesias orientales católicas es la de conservar el patrimonio común disciplinar y alimentar sus propias tradiciones, riqueza para toda la Iglesia.

Los propios sacri canones de los primeros siglos de la Iglesia constituyen en gran medida el fundamental y mismo patrimonio de disciplina canónica que regula también a las Iglesias ortodoxas. Por tanto, las Iglesias orientales católicas pueden ofrecer una contribución peculiar y relevante al camino ecuménico. Estoy contento de que a lo largo de este simposio hayáis tenido en cuenta este particular aspecto y os animo a hacer de él objeto de ulteriores estudios, cooperando así, por vuestra parte al empeño común de adherirnos a la oración del Señor: “Que todos sean una cosa sola…para que el mundo crea…” (Jn 17,21).

Queridos amigos, en el ámbito del actual compromiso de la Iglesia por una nueva evangelización, el derecho canónico, como ordenamiento peculiar e indispensable del conjunto eclesial, no dejará de contribuir eficazmente a la vida y a la misión de la Iglesia en el mundo, si todos los componentes del Pueblo de Dios saben interpretarlo sabiamente y aplicarlo fielmente. Exhorto por ello, como hizo el Venerable Juan Pablo II, a todos los queridos hijos orientales “a observar los preceptos indicados con ánimo sincero y con voluntad humilde, sin dudar en lo más mínimo que las Iglesias orientales proveerán de la mejor forma posible al bien de las almas de los fieles cristianos con una disciplina renovada, y que siempre florecerán y llevarán a cabo su tarea confiada bajo la protección de la gloriosa y bendita siempre virgen María, que con plena verdad es llamada Theothokos y que resplandece como madre excelsa de la Iglesia universal” (Const. ap. Sacri canones).

Acompaño este deseo con la Bendición Apostólica, que os imparto a vosotros y a cuantos realizan su propia contribución en los diversos campos conectados con el derecho canónico oriental.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Papa: La prensa católica no puede ignorar la crisis de fe y debe concentrarse en la búsqueda de la verdad, pide Benedicto XVI

DISCURSO DEL PAPA A LOS MIEMBROS DE LA PRENSA CATÓLICA MUNDIAL


“Vuestra tarea, ayudar al hombre contemporáneo a orientarse a Cristo”


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 7 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció durante la audiencia a los participantes en el Congreso sobre Prensa Católica, que se ha celebrado estos días en Roma, promovido por el Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales.

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Señores cardenales,

venerados hermanos,

ilustres señores y señoras

Os acojo con alegría al término de las cuatro jornadas de intenso trabajo promovidas por el Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales y dedicadas a la prensa católica. Os saludo cordialmente a todos vosotros – procedentes de 85 países – que trabajáis en los diarios, semanarios o en otros periódicos y sitios de Internet. Saludo al presidente del dicasterio, el arzobispo Claudio Maria Celli, a quien doy las gracias por haberse hecho intérprete de los sentimientos de todos, como también a los secretarios, al subsecretario, a todos los oficiales y al personal. Estoy contento de poder dirigiros una palabra de ánimo a continuar, con renovadas motivaciones, vuestro importante y cualificado compromiso.

El mundo de los media está atravesado por una profunda transformación también en su interior. El desarrollo de las nuevas tecnologías y, en particular, la difundida multimedialidad, parece poner en discusión el papel de los medios más tradicionales y consolidados. Oportunamente, vuestro Congreso se detiene a considerar el papel peculiar de la prensa católica. Una atenta reflexión sobre este campo, de hecho, hace surgir dos aspectos particulares: por un lado la especificidad del medio, la prensa, es decir, la palabra escrita y su actualidad y eficacia, en una sociedad que ha visto multiplicarse antenas, parabólicas y satélites, que se han convertido casi en el emblema de una nueva forma de comunicar en la era de la globalización. Por otro lado, la connotación “católica”, con la responsabilidad que deriva de ella de ser fieles de modo explícito y sustancial, a través del compromiso diario de recorrer el camino maestro de la verdad.

La búsqueda de la verdad debe ser perseguida por los periodistas católicos con mente y corazón apasionados, pero también con la profesionalidad de operadores competentes y dotados de medios adecuados y eficaces. Esto resulta aún más importante en el actual momento histórico, que pide a la figura misma del periodista, como mediador de los flujos de la información, llevar a cabo un cambio profundo. Hoy, por ejemplo, en la comunicación tiene un peso cada vez mayor el mundo de la imagen con el desarrollo de tecnologías siempre nuevas; pero si por una parte todo ello comporta indudables aspectos positivos, por otra la imagen puede también convertirse en independiente de la realidad, puede dar vida a un mundo virtual, con varias consecuencias, la primera de las cuales es el riesgo de la indiferencia hacia la verdad. De hecho, las nuevas tecnologías, junto a los progresos que conllevan, pueden hacer intercambiable lo verdadero y lo falso, pueden inducir a confundir lo real con lo virtual. Además, la grabación de un acontecimiento, alegre o triste, puede ser consumida como espectáculo y no como ocasión de reflexión. La búsqueda de los caminos para una auténtica promoción del hombre pasa entonces a segundo plano, porque el acontecimiento es presentado principalmente para suscitar emociones. Estos aspectos suenan como campana de alarma: invitan a considerar el peligro de que lo virtual aleje de la realidad y no estimule a la búsqueda de lo verdadero, de la verdad.

En este contexto, la prensa católica está llamada, de modo nuevo, a expresar hasta el fondo sus potencialidades y a dar razón día a día de su misión irrenunciable. La Iglesia dispone de un elemento facilitador, desde el momento en que la fe cristiana tiene en común con la comunicación una estructura fundamental: el hecho de que el medio y el mensaje coinciden; de hecho, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, es al mismo tiempo mensaje de salvación y medio a través del cual se realiza la salvación. Y esto no es un simple concepto, sino una realidad accesible a todos, también a cuantos, aún viviendo como protagonistas en la complejidad del mundo, son capaces de conservar la honradez intelectual propia de los “pequeños” del Evangelio. Además la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, presente al mismo tiempo en todas partes, alimenta la capacidad de relaciones más fraternales y más humanas, poniéndose como lugar de comunión entre los creyentes y, al mismo tiempo, como signo e instrumento de la vocación de todos a la comunión. Su fuerza es Cristo, y en su nombre ésta “persigue” al hombre por los caminos del mundo para salvarlo del "mysterium iniquitatis", insidiosamente operante en él. La prensa católica evoca de forma más directa, respecto a cualquier otro medio de comunicación, el valor de la palabra escrita. La Palabra de Dios ha llegado a los hombres y nos ha sido entregada también a través de un libro, la Biblia. La palabra sigue siendo el instrumento fundamental y, en un cierto sentido, constitutivo de la comunicación: ésta se utiliza hoy bajo varias formas, y también en la llamada “civilización de la imagen” conserva todo entero su valor.

A partir de estas breves consideraciones, parece evidente que el desafío comunicativo es, para la Iglesia y para cuantos comparten su misión, muy comprometido. Los cristianos no pueden ignorar la crisis de fe que ha llegado a la sociedad. O simplemente, confiar en que el patrimonio de los valores transmitido a lo largo de siglos pasados pueda seguir inspirando y plasmando el futuro de la familia humana. La idea de vivir “como si Dios no existiese” se ha demostrado deletérea: el mundo necesita más bien vivir “como si Dios existiese”, aunque no tenga la fuerza de creer, o de lo contrario éste produce sólo un “humanismo inhumano”.

Queridísimos hermanos y hermanas, quien trabaja en los medios de comunicación, si no quiere ser solo “una campana que resuena o un platillo que retiñe” (1Cor 13,1) – como diría san Pablo – debe tener fuerte en sí mismo la opción de fondo que le capacita para tratar las cosas del mundo poniendo siempre a Dios en la cima de la escala de valores. Los tiempos que estamos viviendo, aún teniendo una notable carga positiva, porque los hilos de la historia están en las manos de Dios y su diseño eterno se revela cada vez más, están marcados también por muchas sombras. Vuestra tarea, queridos miembros de la prensa católica, es la de ayudar al hombre contemporáneo a orientarse a Cristo, único Salvador, y la de mantener encendida en el mundo la llama de la esperanza, para vivir dignamente el hoy y construir adecuadamente el futuro. Por esto os exhorto a renovar constantemente vuestra elección personal por Cristo, bebiendo de esos recursos espirituales que la mentalidad mundana minusvalora, a pesar de que son preciosos, más aún, indispensables. Queridos amigos, os animo a proseguir en vuestro no fácil empeño y os acompaño con la oración, para que el Espíritu Santo lo haga siempre provechoso. Mi bendición, llena de afecto y gratitud, que imparto de buen grado, quiere abrazaros a todos vosotros aquí presentes y a cuantos trabajan en la prensa católica en todo el mundo.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

El Papa: Siempre hay un horizonte más grande, sobre y más allá de el estudio

Discurso a los estudiantes de las escuelas católicas británicas


LONDRES, viernes 17 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los más de 4.000 estudiantes de escuelas católicas inglesas, galesas y escocesas, a quienes se dirigió durante su visita al St. Mary's University College de Twickenham, tras saludar a los religiosos y profesores.

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Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Queridos jóvenes

Quiero manifestaros ante todo mi alegría por estar con vosotros hoy aquí. Os saludo con cariño a todos los que habéis venido a la Universidad de Saint Marydesde las diversas escuelas y facultades católicas de todo el Reino Unido, y a los que seguís este encuentro a través de la televisión o internet. Agradezco al Obispo McMahon su amable bienvenida. Doy las gracias también al coro y a la orquesta por la preciosa música que ha dado comienzo a nuestra celebración, e igualmente deseo expresar mi gratitud a la Señorita Bellot por las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos los jóvenes aquí presentes. Con vistas a los próximos Juegos Olímpicos en Londres, me ha sido grato inaugurar esta fundación deportiva, llamada así en honor del Papa Juan Pablo II, y rezo para que cuantos vengan aquí den gloria a Dios con sus actividades deportivas y disfruten ellos mismos y los demás.

No es frecuente que un Papa u otra persona tenga la posibilidad de hablar a la vez a los alumnos de todas las escuelas católicas de Inglaterra, Gales y Escocia. Y como tengo esta oportunidad, hay algo que deseo enormemente deciros. Espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad.

Quizás alguno de vosotros nunca antes pensó esto. Quizás, alguno opina que la santidad no es para él. Dejad que me explique. Cuando somos jóvenes, solemos pensar en personas a las que respetamos, admiramos y como las que nos gustaría ser. Puede que sea alguien que encontramos en nuestra vida diaria y a quien tenemos una gran estima. O puede que sea alguien famoso. Vivimos en una cultura de la fama, y a menudo se alienta a los jóvenes a modelarse según las figuras del mundo del deporte o del entretenimiento. Os pregunto: ¿Cuáles son las cualidades que veis en otros y que más os gustarían para vosotros? ¿Qué tipo de persona os gustaría ser de verdad?

Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para haceros felices. Estar altamente cualificado en determinada actividad o profesión es bueno, pero esto no os llenará de satisfacción a menos que aspiremos a algo más grande aún. Llegar a la fama, no nos hace felices. La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón.

Dios no solamente nos ama con una profundidad e intensidad que difícilmente podremos llegar a comprender, sino que, además, nos invita a responder a su amor. Todos sabéis lo que sucede cuando encontráis a alguien interesante y atractivo, y queréis ser amigo suyo. Siempre esperáis resultar interesantes y atractivos, y que deseen ser vuestros amigos. Dios quiere vuestra amistad. Y cuando comenzáis a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo vais conociendo mejor, percibís el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en vuestra propia vida. Os atrae la práctica de las virtudes. Comenzáis a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y deseáis evitar caer en esas trampas. Empezáis a sentir compasión por la gente con dificultades y ansiáis hacer algo por ayudarles. Queréis prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, deseáis ser amables y generosos. Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad.

En vuestras escuelas católicas, hay cada vez más iniciativas, además de las materias concretas que estudiáis y de las diferentes habilidades que aprendéis. Todo el trabajo que realizáis se sitúa en un contexto de crecimiento en la amistad con Dios y todo ello debe surgir de esta amistad. Aprendéis a ser no sólo buenos estudiantes, sino buenos ciudadanos, buenas personas. A medida que avanzáis en los diferentes cursos escolares, debéis ir tomando decisiones sobre las materias que vais a estudiar, comenzando a especializaros de cara a lo que más tarde vais a hacer en la vida. Esto es justo y conveniente. Pero recordad siempre que cuando estudiáis una materia, es parte de un horizonte mayor. No os contentéis con ser mediocres. El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia en nuestra comprensión del mundo. Necesitamos buenos historiadores, filósofos y economistas, pero si su aportación a la vida humana, dentro de su ámbito particular, se enfoca de manera demasiado reducida, pueden llevarnos por mal camino.

Una buena escuela educa integralmente a la persona en su totalidad. Y una buena escuela católica, además de este aspecto, debería ayudar a todos sus alumnos a ser santos. Sé que hay muchos no-católicos estudiando en las escuelas católicas de Gran Bretaña, y deseo incluiros a todos vosotros en mi mensaje de hoy. Rezo para que también vosotros os sintáis movidos a la práctica de la virtud y crezcáis en el conocimiento y en la amistad con Dios junto a vuestros compañeros católicos. Sois para ellos un signo que les recuerda ese horizonte mayor, que está fuera de la escuela, y de hecho, es bueno que el respeto y la amistad entre miembros de diversas tradiciones religiosas forme parte de las virtudes que se aprenden en una escuela católica. Igualmente, confío en que queráis compartir con otros los valores e ideas aprendidos gracias a la educación cristiana que habéis recibido.

Queridos amigos, os agradezco vuestra atención; os prometo que rezaré por vosotros, y os pido que recéis por mí. Espero veros a muchos de vosotros el próximo agosto, en la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid. Mientras tanto, que Dios os bendiga.

[©Copyright 2010 – Libreria Editrice Vaticana]

Papa: la Iglesia no puede aprobar iniciativas legislativas que impliquen una revaluación de modelos alternativos de la vida de pareja y la familia

BENEDICTO XVI: LA IGLESIA, PREOCUPADA POR LA FAMILIA


Discurso al nuevo embajador de Alemania ante la Santa Sede


CASTEL GANDOLFO, lunes 13 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy al nuevo embajador alemán ante la Santa Sede, Walter Jürgen Schmid, a quien recibió en audiencia con motivo de la presentación de sus Cartas Credenciales.

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Señor Embajador,

aprovecho con agrado la ocasión de la solemne entrega de las Cartas Credenciales que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Federal de Alemania ante la Santa Sede, para darle la bienvenida y para expresar mis mejores deseos para su alta misión. Le agradezco de corazón por las amables palabras que me ha dirigido, también en nombre del señor Presidente Federal Christian Wulff y del Gobierno Federal. Extiendo de buen grado mi saludo de bendición al Jefe del Estado, a los miembros del Gobierno y a todos los ciudadanos de Alemania, con la esperanza de que las buenas relaciones entre la Santa Sede y la República Federal de Alemania perduren en el futuro y puedan desarrollarse ulteriormente.

Muchos cristianos en Alemania se vuelven, con gran atención, a las inminentes celebraciones de las beatificaciones de diversos sacerdotes mártires del tiempo del régimen nazi. Este domingo, 19 de septiembre, será beatificado Gerhard Hirschfelder en Münster. Durante el año próximo seguirán las ceremonias por Georg Häfner en Würzburg además de por Johannes Prassek, Hermann Lange y Eduard Müller en Lübeck. Con los capellanes de Lübeck se conmemorará también al pastor evangélico Karl Friedrich Stellbrink. La comprobada amistad de los cuatro eclesiásticos es un testimonio impresionante del ecumenismo de la oración y del sufrimiento, florecido en varios lugares durante el oscuro periodo del terror nazi. Para nuestro camino ecuménico común podemos ver estos testimonios como indicaciones luminosas.

Contemplando estas figuras de mártires aparece cada vez más claro y ejemplar, cómo ciertos hombres, a partir de su convicción cristiana, están dispuestos a dar su propia vida por la fe, por el derecho a ejercer libremente su propio credo y libertad de palabra, por la paz y la dignidad humana. Hoy, por fortuna, vivimos en una sociedad libre y democrática. Al mismo tiempo, sin embargo, observamos cómo entre nuestros contemporáneos, no se da un fuerte apego a la religión, como en el caso de estos testigos de la fe. Uno se podría preguntar si hay hoy cristianos que, sin compromisos, se hagan garantes de su propia fe. Al contrario, muchos hombres muestran mayormente una inclinación hacia concepciones religiosas más permisivas también para sí mismos. En el lugar del Dios personal del cristianismo, que se revela en la Biblia, se trata de un ser supremo, misterioso e indeterminado, que tiene solo una vaga relación con la vida personal del ser humano.

Tales concepciones animan cada vez más la discusión dentro de la sociedad, sobre todo respecto al ámbito de la justicia y de la legislación. Pero si uno abandona la fe hacia un Dios personal, surge la alternativa de un "dios" que no conoce, no escucha y no habla. Y, más que nunca, no tiene una voluntad. Si Dios no tiene una voluntad propia, el bien y el mal al final ya no se distinguen; el bien y el mal ya no están en contradicción entre sí, sino que están en una oposición en la que uno sería complementario del otro. El hombre pierde así su fuerza moral y espiritual, necesaria para un desarrollo completo de la persona. La actuación social es dominada cada vez más por el interés privado o por el cálculo del poder, a costa de la sociedad. Si en cambio Dios es una Persona – y el orden de la creación, como también la presencia de cristianos convencidos en la sociedad es un indicio de ello – se desprende que está legitimado un orden de valores. Hay señales, que pueden encontrarse también en los tiempos recientes, que dan fe del desarrollo de nuevas relaciones entre Estado y religión, también más allá de las grandes Iglesias cristianas hasta ahora determinantes. En esta situación los cristianos tienen por ello la tarea de seguir este desarrollo de modo positivo y crítico además de afinar los sentidos para la importancia fundamental y permanente del cristianismo al poner las bases y formar las estructuras de nuestra cultura.

La Iglesia ve sin embargo con preocupación el creciente intento de eliminar el concepto cristiano de matrimonio y familia de la conciencia de la sociedad. El matrimonio se manifiesta como unión duradera de amor entre un hombre y una mujer, que se dirige también a la transmisión de la vida humana. Una condición suya es la disposición de los cónyuges de relacionarse uno con otro para siempre. Por esto es necesaria una cierta madurez de la persona y una actitud fundamental existencial y social: una "cultura de la persona" como dijo una vez mi predecesor Juan Pablo II. La existencia de esta cultura de la persona depende también de desarrollos sociales. Puede comprobarse que en una sociedad la cultura de la persona se abaje; a menudo esto deriva paradójicamente del crecimiento del estándar de vida. En la preparación y en el acompañamiento de los cónyuges es necesario crear las condiciones básicas para levantar y desarrollar esta cultura. Al mismo tiempo debemos ser consciente de que el éxito de los matrimonios depende de todos nosotros y de la cultura personal de cada ciudadano. En este sentido, la Iglesia no puede aprobar las iniciativas legislativas que impliquen una revaloración de modelos alternativos de la vida de pareja y de la familia. Estas contribuyen al debilitamiento de los principios del derecho natural y así a la relativización de toda la legislación y también a la confusión sobre los valores en la sociedad.

Es un principio de la fe cristiana, anclado en el derecho natural, que la persona humana sea protegida precisamente en la situación de debilidad. El ser humano siempre tiene prioridad respecto a otros objetivos. Las nuevas posibilidades de la biotecnología y de la medicina nos ponen a menudo en situaciones difíciles que se parecen a un caminar sobre el filo de la navaja. Tenemos el deber de estudiar diligentemente hasta donde estos métodos pueden ser de ayuda para el hombre y dónde en cambio se trata de manipulación del hombre, de violación de su integridad y dignidad. No podemos rechazar estos avances, pero debemos ser muy vigilantes. Una vez que se empieza a distinguir – y esto sucede ya a menudo en el seno materno – entre vida digna e indigna de vivir, no estará a salvo ninguna otra fase de la vida, y aún menos la ancianidad y la enfermedad.

La construcción de una sociedad humana requiere la fidelidad a la verdad. En este contexto, últimamente, hacen reflexionar ciertos fenómenos que están operando en el ámbito de los medios de comunicación públicos: estando en una competencia cada vez más fuerte, los medios de comunicación se creen empujados a suscitar la máxima atención posible. Además, está el contraste que hace la noticia en general, aunque vaya contra la veracidad del relato. El tema se hace particularmente problemático cuando personajes autorizados toman públicamente postura al respecto, sin haber podido comprobar todos los aspectos de forma adecuada. Se acoge con favor el intento del Gobierno Federal de comprometerse en estos casos, en lo posible, de forma ponderada y pacificadora.

Señor Embajador, le acompañan mis mejores augurios para su trabajo y para los contactos que mantendrá con los representantes de la Curia Romana, con el Cuerpo Diplomático y también con los sacerdotes, religiosos y fieles laicos comprometidos en las actividades eclesiales que viven aquí en Roma. De corazón imploro para usted, para su distinguida consorte, para sus colaboradores y colaboradoras en la Embajada la abundante bendición divina.

[Traducción de la versión oficial italiana por Inma Álvarez

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El Papa: "La misión del Obispo no puede ser entendida con la mentalidad de la eficiencia. Ser custodio de la Iglesia en su dinamismo"

BENEDICTO XVI: EL OBISPO, CUSTODIO DE LA ALIANZA DE CRISTO Y LA IGLESIA


Segunda audiencia a los obispos recientemente nombrados


CASTEL GANDOLFO, lunes 13 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los obispos nombrados durante este año, con motivo de su participación en un encuentro promovido por la Congregación para los obispos.

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Queridísimos hermanos en el Episcopado:

Estoy muy contento de encontrarme con vosotros, obispos recientemente nombrados, procedentes de varios países del mundo y reunidos en Roma para el congreso anual promovido por la Congregación para los Obispos. Doy las gracias al cardenal Marc Ouellet por las corteses palabras que me ha dirigido, también en nombre de todos vosotros; y a él deseo dirigirle un augurio especial al inicio de su servicio como Prefecto de este Dicasterio: estoy contento, venerado Hermano, de que usted comience con esta bella experiencia de comunión eclesial entre los nuevos Pastores de varias Iglesias particulares. Saludo cordialmente también al cardenal Leonardo Sandri, Prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, y expreso mi reconocimiento a cuantos colaboran en la organización de este encuentro.

Según una costumbre muy significativa, habéis realizado ante todo una peregrinación a la tumba del Apóstol Pedro, el cual se conformó a Cristo Maestro y Pastor, hasta la muerte y la muerte de cruz. Al respecto, son iluminadoras algunas expresiones de santo Tomás de Aquino, que pueden constituir un verdadero y auténtico programa de vida para todo Obispo. Comentando la expresión de Jesús en el Evangelio de Juan: “El Buen Pastor da la vida por sus ovejas”, santo Tomás observa: “Él consagra a ellos su persona en el ejercicio de la autoridad y de la caridad. Se exigen ambas cosas: que le obedezcan y que las ame. De hecho la primera sin la segunda no es suficiente" (Esp. su Giovanni, 10, 3). La Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, especifica: "El Obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28; Mc 10,45) y a dar la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11). Tomado de entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas, puede apiadarse de los ignorantes y equivocados (Hb 5,1-2). No se niegue a oír a sus súbditos, a los que, como a verdaderos hijos suyos, alimenta y a quienes exhorta a cooperar animosamente con él. Consciente de que ha de dar cuenta a Dios de sus almas (cf. Hb 13,17), trabaje con la oración, con la predicación y con todas las obras de caridad tanto por ellos como por los que todavía no son de la única grey, a los cuales tenga como encomendados en el Señor. El mismo, como San Pablo, es deudor para con todos” (n. 27).

La misión del obispo no debe entenderse con la mentalidad de la eficiencia y de la eficacia, por la que se pone la atención ante todo en lo que hay que hacer, sino que es necesario tener siempre en cuenta la dimensión ontológica, que está a la base de la funcional. De hecho, el obispo, por la autoridad de Cristo de la que esta revestido, cuando se sienta en la Cátedra está puesto “por encima” y “ante” la comunidad, en cuanto que él es “para” la comunidad hacia la que dirige su solicitud pastoral (Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores gregis, n. 29). La Regla Pastoral del Papa san Gregorio Magno, que podría ser considerada el primer ‘directorio’ para los obispos de la historia de la Iglesia, define el gobierno pastoral como "el arte de las artes" (I, 1.4), y precisa que la potestad de gobierno "la detenta bien quien sabe con ella erigirse contra las culpas y con ella saber ser igual a los demás ... y domina sus vicios antes que a sus hermanos" (II, 6).

Hacen reflexionar las palabras explicativas del rito de la entrega del anillo en la liturgia de la Ordenación episcopal: "Recibe el anillo, signo de fidelidad, y custodia a la Santa Iglesia, esposa de Cristo, en la integridad de la fe y en la pureza de la vida". La Iglesia es "esposa de Cristo" y el Obispo es el ‘custodio’ (episkopos) de este misterio. El anillo es por tanto un signo de fidelidad: de trata de la fidelidad a la Iglesia y a la pureza de la fe de ella. Al obispo, por tanto, se le confía una alianza nupcial: la de la Iglesia con Cristo. Son significativas las palabras que leemos en el Evangelio de Juan: “El esposo es aquel al que pertenece la esposa; pero el amigo del esposo, que está presente y le escucha, exulta de alegría a la voz del esposo" (3,29). El concepto del "custodiar" no quiere decir solo conservar lo que ya ha sido establecido – aunque este elemento no deba faltar nunca – sino que incluye, en su esencia, también el aspecto dinámico, es decir una perpetua y concreta tendencia al perfeccionamiento, en plena armonía y continua adecuación a las exigencias nuevas surgidas del desarrollo y del progreso de ese organismo viviente que es la comunidad.

Grandes son las responsabilidades de un Obispos para el bien de la diócesis, pero también de la sociedad. Está llamado a ser “fuerte y decidido, justo y sereno" (Congregación para los Obispos,Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos "Apostolorum successores", n. 44), para un discernimiento sapiencial de las personas, de la realidad y de los acontecimientos, requerido por su tarea de ser “padre, hermano y amigo” (Ibid., nn. 76-77) en el camino cristiano y humano. Se trata de una profunda perspectiva de fe y no sencillamente humana, administrativa o de cuño sociológico en la que se coloca el ministerio del Obispo, el cual no es un mero gobernante o un burócrata, o un simple moderador y organizador de la vida diocesana. Son la paternidad y la fraternidad en Cristo la que dan al Superior la capacidad de crear un clima de confianza, de acogida, de afecto, pero también de franqueza y de justicia. Particularmente iluminadoras son, al respecto, las palabras de una antigua oración de san Elredo de Rievaulx, abad: “Tú, dulce Señor, has puesto a uno como yo como cabeza de tu familia, de las ovejas de tu redil (...) para que se pudiera manifestar tu misericordia y revelar tu sabiduría. Plugo a tu benevolencia gobernar bien tu familia mediante un hombre así, de forma que se viese lo sublime de tu fuerza, no la del hombre, para que no tenga que gloriarse el sabio en su sabiduría, ni el justo en su justicia, ni el fuerte en su fuerza: ya que cuando estos gobiernan bien tu pueblo, eres tu quien lo rige, y no ellos. Y por ello no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre la gloria” (Speculum caritatis, PL CXCV).

Confiándoos, queridos Hermanos, estas breves reflexiones, invoco la protección maternal de María Santísima, Regina Apostolorum, e imparto de corazón a cada uno de vosotros, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los seminaristas y a los fieles de vuestras diócesis una especial Bendición Apostólica.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

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El Papa pregunta cómo puede existir un diálogo entre culturas sin valores, derechos y principios comunes

BENEDICTO XVI EN EL LX ANIVERSARIO DE LA CONVENCIÓN EUROPEA SOBRE DERECHOS


Discurso al Bureau de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 8 septiembre 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que Benedicto XVI dirigió a los miembros de la Mesa de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa al recibirles hoy en audiencia en la salita del Aula Pablo VI tras la Audiencia General.



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Señor Presidente,

Queridos miembros de la Mesa de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa:

Estoy muy agradecido al Honorable Sr. Çavuşoğlu por las amables palabras que me ha dirigido en nombre de la Mesa y extiendo a todos vosotros una cordial bienvenida. Estoy contento de recibiros en el sexagésimo aniversario de la Convención Europea de Derechos Humanos que, como se sabe, compromete a los Estados Miembros del Consejo de Europa a promocionar y defender la dignidad inviolable de la persona humana.

Sé que la Asamblea Parlamentaria tiene en su agenda temas importantes relacionados sobre todo con personas que viven en situaciones especialmente difíciles o están sujetas a graves violaciones de su dignidad. Pienso en las personas afectadas por discapacidades, los niños que sufren violencia, los inmigrantes, los refugiados, los que más pagan por la actual crisis económica y financiera, los que son víctimas del extremismo o de nuevas formas de esclavitud como el tráfico de personas, el tráfico ilegal de drogas y la prostitución. Vuestro trabajo también está relacionado con las víctimas de la guerra y con las personas que viven en democracias frágiles. También he sido informado de vuestros esfuerzos para defender la libertad religiosa y oponeros a la violencia y la intolerancia hacia los creyentes en Europa y en todo el mundo.

Teniendo presente el contexto de la sociedad actual en la que diferentes poblaciones y culturas se unen, es un imperativo desarrollar la validez universal de esos derechos, así como su inviolabilidad, inalienabilidad e indivisibilidad.

En distintas ocasiones, he señalado los riesgos asociados al relativismo en el ámbito de los valores, los derechos y los deberes. Si éstos carecieran de un fundamento objetivo racional, común a todos los pueblos, y se basaran exclusivamente en culturas particulares, decisiones legislativas o sentencias judiciales, ¿cómo podrían ofrecer una base sólida y duradera para instituciones supranacionales como el Consejo de Europa, y para vuestra propia tarea en esta prestigiosa institución? ¿Cómo podría llevarse a cabo un diálogo fructífero entre culturas sin valores comunes, derechos y principios estables, universales, entendidos de la misma manera por todos los Estados Miembros del Consejo de Europa? Esos valores, derechos y deberes tienen su origen en la dignidad natural de toda persona, algo accesible al razonamiento humano. La fe cristiana no impide, sino que favorece, esta búsqueda y es una invitación a buscar una base sobrenatural para esa dignidad.

Estoy convencido de que esos principios, mantenidos fielmente, sobre todo cuando se trata de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, del matrimonio -basado en la entrega mutua exclusiva e indisoluble entre un hombre y una mujer- y la libertad de religión y educación, son condiciones necesarias si queremos responder adecuadamente a los decisivos y urgentes desafíos que la historia os presenta a cada uno de vosotros.

Queridos amigos, sé que vosotros también deseáis llegar a los que sufren. Esto me alegra y os animo a cumplir vuestra delicada e importante misión con moderación, prudencia y valentía al servicio del bien común de Europa. Os doy las gracias por venir y os garantizo mis oraciones. ¡Que Dios os bendiga!



[Traducción del original inglés realizada por Patricia Navas

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