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Octubre: Mes del Rosario

La Iglesia ha dedicado un mes, el de Octubre, para honrar a María con el rezo del Santo Rosario


Autor: Tere Fernández | Fuente: Catholic.net



Origen e historia de esta devoción:

En la antigüedad, los romanos y los griegos solían coronar con rosas a las estatuas que representaban a sus dioses, como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. La palabra “rosario” significa “corona de rosas”.

Siguiendo esta tradición, las mujeres cristianas que eran llevadas al martirio por los romanos, marchaban por el Coliseo vestidas con sus ropas más vistosas y con sus cabezas adornadas de coronas de rosas, como símbolo de alegría y de la entrega de sus corazones al ir al encuentro de Dios. Por la noche, los cristianos recogían sus coronas y por cada rosa, recitaban una oración o un salmo por el eterno descanso del alma de las mártires.

La Iglesia recomendó entonces rezar el rosario, el cual consistía en recitar los 150 salmos de David, pues era considerada una oración sumamente agradable a Dios y fuente de innumerables gracias para aquellos que la rezaran. Sin embargo, esta recomendación sólo la seguían las personas cultas y letradas pero no la mayoría de los cristianos. Por esto, la Iglesia sugirió que aquellos que no supieran leer, suplantaran los 150 salmos por 150 Avemarías, divididas en quince decenas. A este “rosario corto” se le llamó “el salterio de la Virgen”.

Cuenta la Historia que un día, a finales del siglo XII, Santo Domingo de Guzmán quien sufría mucho al ver que la gravedad de los pecados de la gente estaba impidiendo la conversión de los albigenses, decidió ir al bosque a rezar. Estuvo en oración tres días y tres noches haciendo penitencia y flagelándose hasta perder el sentido. En este momento, se le apareció la Virgen con tres ángeles y le dijo que la mejor arma para convertir a las almas duras no era la flagelación, sino el rezo de su salterio.
Santo Domingo se dirigió en ese mismo momento a la catedral de Toulouse, sonaron las campanas y la gente se reunió para escucharlo. Cuando iba a empezar a hablar, se soltó una tormenta con rayos y viento muy fuerte que hizo que la gente se asustara. Todos los presentes pudieron ver que la imagen de la Virgen que estaba en la catedral alzaba tres veces los brazos hacia el Cielo. Santo Domingo empezó a rezar el salterio de la Virgen y la tormenta se terminó.

En otra ocasión, Santo Domingo tenía que dar un sermón en la Iglesia de Notre Dame en París con motivo de la fiesta de San Juan y, antes de hacerlo, rezó el Rosario. La Virgen se le apareció y le dijo que su sermón estaba bien, pero que mejor lo cambiara y le entregó un libro con imágenes, en el cual le explicaba lo mucho que gustaba a Dios el rosario de Avemarías porque le recordaba ciento cincuenta veces el momento en que la humanidad, representada por María, había aceptado a su Hijo como Salvador.
Santo Domingo cambió su homilía y habló de la devoción del Rosario y la gente comenzó a rezarlo con devoción, a vivir cristianamente y a dejar atrás sus malos hábitos.
Santo Domingo murió en 1221, después de una vida en la que se dedicó a predicar y hacer popular la devoción del Rosario entre las gentes de todas las clases sociales para el sufragio de las almas del Purgatorio, para el triunfo sobre el mal y prosperidad de la Santa Madre de la Iglesia.

El rezo del Rosario mantuvo su fervor por cien años después de la muerte de Santo Domingo y empezó a ser olvidado.

En 1349, hubo en Europa una terrible epidemia de peste a la que se le llamó ¨la muerte negra” en la que murieron muchísimas personas.
Fue entonces cuando el fraile Alan de la Roche, superior de los dominicos en la misma provincia de Francia donde había comenzado la devoción al Rosario, tuvo una aparición, en la cual Jesús, la Virgen y Santo Domingo le pidieron que reviviera la antigua costumbre del rezo del Santo Rosario. El Padre Alan comenzó esta labor de propagación junto con todos los frailes dominicos en 1460. Ellos le dieron la forma que tiene actualmente, con la aprobación eclesiástica. A partir de entonces, esta devoción se extendió en toda la Iglesia.

¿Cuándo se instituyó formalmente esta fiesta?

El 7 de octubre de 1571 se llevó a cabo la batalla naval de Lepanto en la cual los cristianos vencieron a los turcos. Los cristianos sabían que si perdían esta batalla su religión podía peligrar y por esta razón confiaron en la ayuda de Dios, a través de la intercesión de la Santísima Virgen. El Papa San Pío V pidió a los cristianos rezar el rosario por la flota. En Roma estaba el Papa despachando asuntos cuando de pronto se levantó y anunció que sabía que la flota cristiana había sido victoriosa. Ordenó el toque de campanas y una procesión. Días más tarde llegaron los mensajeros con la noticia oficial del triunfo cristiano. Posteriormente, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias el 7 de octubre.

Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre de la fiesta por el de Nuestra Señora del Rosario y determinó que se celebrase el primer domingo de Octubre (día en que se había ganado la batalla). Actualmente se celebra la fiesta del Rosario el 7 de Octubre y algunos dominicos siguen celebrándola el primer domingo del mes.

La fuerza del Rosario
A lo largo de la historia se ha visto como el rezo del Santo Rosario pone al demonio fuera de la ruta del hombre y de la Iglesia. Llena de bendiciones a quienes lo rezan con devoción. Nuestra Madre del Cielo ha seguido promoviéndolo, principalmente en sus apariciones a los pastorcillos de Fátima.

El Rosario es una verdadera fuente de gracias. María es medianera de las gracias de Dios. Dios ha querido que muchas gracias nos lleguen por su conducto, ya que fue por ella que nos llegó la salvación.

Todo cristiano puede rezar el Rosario. Es una oración muy completa, ya que requiere del empleo simultáneo de tres potencias de la persona: física, vocal y espiritual. Las cuentas favorecen la concentración de la mente.

Rezar el Rosario es como llevar diez flores a María en cada misterio. Es una manera de repetirle muchas veces lo mucho que la queremos. El amor y la piedad no se cansan nunca de repetir con frecuencia las mismas palabras, porque siempre contienen algo nuevo. Si lo rezamos todos los días, la Virgen nos llenará de gracias y nos ayudará a llegar al Cielo. María intercede por nosotros sus hijos y no nos deja de premiar con su ayuda. Al rezarlo, recordamos con la mente y el corazón los misterios de la vida de Jesús y los misterios de la conducta admirable de María: los gozosos, los dolorosos, los luminosos y los gloriosos. Nos metemos en las escenas evangélicas: Belén, Nazaret, Jerusalén, el huerto de los Olivos, el Calvario, María al pie de la cruz, Cristo resucitado, el Cielo, todo esto pasa por nuestra mente mientras nuestros labios oran.

Las Letanías
El Rosario no es una oración litúrgica, sino sólo un ejercicio piadoso. Las Letanías forman una parte oficial de la liturgia en cuanto que las invocaciones reciben permiso de la Santa Sede. Se cree que su origen fue, probablemente, antes del siglo XII.

La forma actual en la que las rezamos se adoptó en el santuario mariano de Loreto, en Italia y por eso se llama Letanía lauretana. En 1587, el Papa Sixto V la aprobó para que la rezaran todos los cristianos. Todos los cristianos hemos recurrido a la Virgen en momentos de alegría llamándola “Causa de nuestra alegría”, en momentos de dolor diciéndole “Consoladora de los afligidos”, etc.
Podemos rezar las Letanías con devoción, con amor filial, con gozo de tener una Madre con tantos títulos y perfecciones, recibidos de Dios por su Maternidad divina y por su absoluta fidelidad. Al rezarlas, tendremos la dicha de alabar a María, de invocar su protección y de ser ayudados siempre ya que la Virgen no nos deja desamparados.

Cómo rezar el Rosario
Como se trata de una oración, lo primero que hay que hacer es saludar, persignarnos y ponernos en presencia de Dios y de la Santísima Virgen.
Luego, se enuncian los misterios del día que se van a rezar y comenzamos a meditar en el primero de estos cinco misterios. Durante la oración de cada misterio, trataremos de acompañar a Jesús y a María en aquellos momentos importantes de sus vidas. Aprovechamos de pedirles ayuda para imitar las virtudes y cualidades que ellos tuvieron en esos momentos. Al meditarlos frecuentemente, estas guías pasan a formar parte de nuestra conciencia, de nuestra vida. Podemos ofrecer cada misterio del rosario por una intención en particular y se puede leer una parte del Evangelio que nos hable acerca del misterio que estamos rezando.
Cada misterio consta de un Padrenuestro seguido de diez Avemarías y un Gloria. Usamos nuestro rosario pasando una cuenta en cada Avemaría. Así seguimos hasta terminar con los cinco misterios.
Al terminar de rezar los cinco misterios, se reza la Salve y se termina con las Letanías.

Los Misterios
Los veinte misterios que se rezan nos recuerdan la vida de Jesús y, dependiendo del día, se rezan de la siguiente forma:

LUNES Y SÁBADO
MISTERIOS GOZOSOS
VIRTUD (sugerida)
1. La Anunciación del ángel a la Virgen. La obediencia.
2. La Visita de la Virgen a su prima Isabel. Amor al prójimo.
3. El Nacimiento del Hijo de Dios. Desprendimiento
4. La Presentación del niño Jesús en el templo. Pureza de intención.
5. El Niño Jesús perdido y hallado en el templo Sabiduría en cosas de Dios.

MARTES Y VIERNES
MISTERIOS DOLOROSOS
VIRTUD (sugerida)
1. La Oración de Jesús en el huerto. Verdadero arrepentimiento de los pecados.
2. La flagelación de nuestro Señor Jesucristo. Espíritu de sacrificio
3. La coronación de espinas. Desapego a lo material
4. Jesucristo es cargado con la Cruz. Paciencia por mi cruz.
5. La crucifixión de nuestro Señor Jesucristo. Generosidad

MIERCOLES Y DOMINGOS.
MISTERIOS GLORIOSOS
VIRTUD (sugerida)
1. La Resurrección de Jesucristo. Fe, Esperanza y Caridad
2. La Ascensión del Señor a los Cielos. Deseo de ir al Cielo
3. La venida del Espíritu Santo. Deseo de vivir en Gracia
4. La Asunción de la Virgen a los Cielos. Amor a María
5. La Coronación de la Virgen en los Cielos. Perseverancia

JUEVES.
MISTERIOS LUMINOSOS

1. El Bautismo de Jesús en el Jordán 2 Co 5, 21; . Mt 3, 17.
2. Las bodas de Caná; Jn 2, 1-12.
3. El anuncio del Reino de Dios Mc 1, 15; Mc 2. 3-13; Lc 47-48.
4. La Transfiguración; Lc 9, 35.
5. La Institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual. Jn13, 1.


Por qué nuestro “terrible” deseo de felicidad no es inútil. Fabrice Hadjadj

01/09/2010

“Basta presionar con los dedos en la garganta para sentir la pulsación de la sangre en nuestras arterias, signo de que nuestra vida fluye como un río: entra en relación con la fuente a través de todos los arroyos de nuestra historia”. Entrevista con el filósofo francés Fabrice Hadjadj, que ha presentado en el Meeting de Rimini el libro de don Giussani El yo renace en un encuentro.

“Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón”. En su opinión, ¿en qué sentido el lema del Meeting de este año nos desafía?
El desafío es reconocer en cada uno un deseo que no viene de uno mismo. El corazón es sorprendente, sobre todo para un individualista. No hablo a nivel espiritual o sentimental. Hablo del miocardio. Tenemos un órgano que late durante un tiempo que no decidimos nosotros, una especie de director de orquesta del que depende toda nuestra vida fisiológica. Se trata de oxigenar nuestra sangre, es “el poema de la respiración”, como dice Rilke. La inspiración y la expiración nos prodigan esta lección admirable: la vida no radica en la independencia, en el aislamiento, en la autonomía, sino que radica en un movimiento (un teólogo diría “pericoresis”) donde nunca se deja de dar y recibir. ¡Esto reduce inmediatamente a cero todas nuestras pretensiones de independencia!

Don Giussani afirma que la simple existencia de nuestro corazón es ya una provocación.
Y tiene toda la razón. Basta presionar con la mano en la garganta para sentir la pulsación de la sangre en nuestras arterias. Es el signo de que nuestra vida fluye como un río: entra en relación con la fuente a través de todos los arroyos de nuestra historia. La promesa que viene después la encontramos en Isaías: “He aquí que yo extiendo la paz sobre ella como un río” (Is 66, 12). Y en el Evangelio: “El que cree en mí, ríos de agua viva nacerán de su corazón” (Jn 7, 38). Una promesa que puede dar un poco de miedo, pues uno podría preferir quedarse con sus pequeños bidones de agua estancada, pero en cualquier caso lo cierto es que el cristianismo no es una serie de normas sofocantes sino, al contrario, “el deseo de cosas grandes”, tan grandes que superan la capacidad del hombre y para acogerlas es necesario dejarse ensanchar, casi desgarrar.

¿Hace falta reclamar a la “naturaleza” para definir el corazón del hombre?
El término “naturaleza” viene de “nacer”. Nacer es ser nacido, recibir la existencia, por tanto uno mismo no es origen de su propio ser. Tener una naturaleza es haber recibido por el nacimiento una cierta estructura existencial, un dinamismo, una tendencia que está en mí y de la que yo no soy artífice. Todo lo que estamos diciendo se da en el corazón: el centro de mi ser no está bajo mi control, lo más íntimo que tengo me remite a otro que no soy yo. Yo me despierto con mis deseos: tomar un café, leer el periódico, ganar más dinero, besar a la actriz Caterina Murino, pero en mí hay otra cosa más, este terrible deseo de felicidad.

Terrible, ¿por qué?
¿El dinero puede darme la felicidad? ¿Y Caterina? Si este deseo de felicidad no encuentra vías de salida, termina por destruir lo que en un principio deseaba. Si resulta que no es la “cosa grande”, no me vale y lo tiro. Y me destruye a mí mismo: si me contento con cosas pequeñas, les doy un valor que no tienen y apago mi corazón. Atención, no quiero decir que Caterina Murino, creada a imagen de Dios (¡y qué imagen!), sea poco. Sin embargo, para responder a mi corazón sería necesario que Caterina estuviera llena de gracia, de verdad, incluso de eternidad (tal como su frágil belleza deja entrever). Sería necesario que Caterina fuese divina. No lo puedo evitar, así es mi naturaleza (y la naturaleza de cada hombre, por poco que escuche a su corazón). Dante lo entendió muy bien. En nosotros hay un deseo de una Cosa Grande que es Dios mismo, pero este deseo de Dios no nos debe llevar a despreciar a sus criaturas (despreciar a sus criaturas implicaría necesariamente despreciar a su Creador). Al contrario, el deseo de Dios nos hace desear la divinización de las criaturas. Por tanto, desear “cosas grandes” no significa rechazar a una Beatriz pequeña ni idealizar a una Beatriz enorme, sino más bien desear a una Beatriz tal “que Dios parezca regocijarse en su rostro”.

Cada día estamos más seguros de que las ideas “fuertes” no tienen derecho alguno ni poder sobre nosotros. En todo caso, en el ámbito privado, no en el público. ¿Sucede lo mismo con el cristianismo?
Afirmar que las ideas fuertes no tienen poder alguno sobre nosotros puede ser una idea, pero es una idea débil. El hombre no es un animal gobernado por sus propios instintos. Lo que en el hombre juega el papel del instinto es su razón, y siempre le guían las ideas, buenas o malas. El hombre siempre empieza siendo un ideólogo (al menos desde el pecado original), utiliza términos abstractos y dice “todo va bien” en cualquier conversación, pero “todo va bien” es una expresión muy abstracta, es una cuestión inmensa y no se da cuenta porque es un ideólogo. De hecho, debería salir de la ideología y entrar en la realidad, es decir, preguntarse qué significa verdaderamente, realmente, que todo va “bien”. Se trata sencillamente de tomar conciencia de las palabras que están ahí, en nuestra lengua, en nuestro vocabulario habitual, y descubrir su peso.

¿Y cuál es ese peso?
A don Giussani le encantaba repetir estas palabras del salmista: “Tú, Señor, eres mi único bien” (Sal 16, 2). ¡Esto es concrección en lo que se dice! Traza un camino, afirma concretamente en qué consiste mi bien. Esta palabra va aún más allá, por eso don Giussani añadía: “Una frase así, tan plena y perentoria, tan definitiva y totalizante, ¿quién la puede repetir?” (L’io rinasce in un incontro).

Y en la esfera privada, ¿donde uno tiene el derecho absoluto?
Lo que concierte a las “convicciones privadas” se trata de una invención burguesa. El pequeño poseedor quiere afirmar que posee una propiedad que es sólo suya, que no pertenece a nadie más. Pero, al mismo tiempo, termina por darse cuenta de que esta propiedad muere a menos que él acepte a otro. Un espacio público sólo se realiza en la hospitalidad, sólo así se hace público. De otra manera, id a un parque público; adquiere todo su valor cuando, por ejemplo, estáis en un banco sentados con una chica, o con un viejo amigo, en una conversación íntima. Cualquier espacio público sólo se realiza en el encuentro entre personas, y así se hace privado. Con este ejemplo quiero mostrar hasta qué punto la separación entre público y privado es una ficción artificial. Es literalmente una mutilación, porque afirma que lo que lleváis en el corazón no lo podéis gritar en las plazas. Pero si no hay comunicación entre vuestro corazón y vuestras palabras, no seréis hombres, seréis un pez que pica en todos los anzuelos.

Usted ha escrito que la pretensión cristiana es “llevar tu corazón al poder, es decir, conquistarte sin dañar ni tu inteligencia ni tu voluntad sino, al contrario, reforzándolas”. ¿Cómo es posible vivir la “pretensión” total de la verdad encontrada sin renunciar a nosotros mismos?
La respuesta está ya en la pregunta. No hay encuentro si no es entre dos seres bien diferenciados. Por tanto, encontrar la verdad no es una alienación, sino un cumplimiento. Si yo digo a otro: “Dios quiere todo de ti”, el otro se asustará porque comparará el deseo de Dios y el suyo, que es más estrecho, más posesivo, más reducido. Yo se lo puede repetir: “Dios quiere todo de ti”, subrayando “todo de ti”, es decir, a ti mismo, completamente, sin mutilaciones, sin reducciones, sin alienaciones, con tu alma y con tu cuerpo, con tu inteligencia y tu voluntad, con toda tu libertad, incluso con una libertad infinitamente mayor, porque elimina todo lo que te estorba. Esto nos lleva a las palabras del salmo que se canta en las vísperas del domingo: “El Señor extenderá el poder de tu cetro, domina desde Sión el corazón de tus enemigos” (Sal 109, 2). Si someto al enemigo, aunque sea con una pequeña seducción psicológica, tal vez consiga dominar su cuerpo, pero no su corazón. Dominar hasta el corazón es la pretensión más terrible y al mismo tiempo la intención más dulce, porque no hay otra forma de dominar el corazón que hacerse amar libre e inteligentemente, respondiendo a las “exigencias del corazón”. El catecismo de la Iglesia católica lo dice claramente: “Vivir en el cielo es estar con Cristo. Los elegidos viven en él pero conservan, es más, encuentran su verdadera identidad”. ¿Por qué? Porque “el yo nace y renace en un encuentro”, porque yo soy yo mismo sólo en la relación con mi Creador y, a través de él, con las demás criaturas. Ser original no es ser excéntrico, es volver al origen.

El estupor parece ser la dimensión más adecuada a la forma original de nuestra razón, ¿cómo recuperar esta dimensión para salvar a la razón?
La grandeza de la inteligencia es efectivamente la de sentirse estúpida. Sentirse estúpida no significa ser estúpida. De hecho, el verdaderamente estúpido es precisamente el que cree saberlo todo, el que tiene respuesta para todo. Quien se siente estúpido escucha y aprende. Hay un proverbio judío que dice: “¿Quién es sabio? El que sabe aprender de cada cosa”. Existe por tanto un vínculo entre estupor y estupidez y es aquí –al sorprenderse, al sentirse estúpida- donde la razón se abre a lo que la supera, a un encuentro vivo, que está más allá de sus cálculos (pero no desprecia el cálculo, que es esa capacidad de sopesar la realidad y que es también un misterio). El problema no es lo que tenemos que hacer para recuperar esta dimensión.

¿Por qué?
Porque no se trata de hacer. Si nos limitamos a “hacer”, nos quedamos en el ámbito de nuestro poder, de nuestra capacidad, y nos cerramos al estupor. No se trata de hacer, sino de ser. El ser es, en el fondo, estupor y para darnos cuenta de esto es necesario abandonarse al reposo, vivir –al menos un día a la semana, un momento de la jornada- la bendición del shabbat. Dejarlo todo, como dice el salmo 45 (“¡Parad! Sabed que yo soy Dios”), y mirar una flor, dar un paseo, escuchar un cuarteto de Mozart (o de Haydn), contemplar el rostro de un niño... admirar incluso una botella, una simple botella, como sabe hacer el pintor italiano Morandi, no con una genialidad especial sino con un gran respiro, con el corazón abierto y disponible (esto es mucho mejor que la genialidad), y ahí aparece el misterio, la incomprensibilidad de la presencia de esa botella... Hasta la botella más pequeña es una botella lanzada al mar, que esconde un mensaje del creador de todas las cosas.

El año pasado, usted afirmaba en una entrevista: “Es necesario que las acciones comiencen con un gesto de gratuidad. Si esta gratuidad no está presente, no avanzará nunca en la dirección del ser”. ¿De dónde puede venir esta gratuidad?
No recuerdo haberlo dicho, quizás porque era precisamente un “gesto de gratuidad”… La gratuidad puede tener dos sentidos. Está la gratuidad del absurdo y está la gratuidad de la gracia. Todo lo que hacemos, todos nuestros cálculos, todos nuestros proyectos fluyen hacia una u otra. Encuentras un buen trabajo, ¿y luego? Te casas, ¿y después? Tienes niños, ¿y qué? O nada tiene sentido, y te encuentras en la gratuidad del absurdo, o todo tiene el sentido de un amor, un amor que da la vida, y te encuentras en la gratuidad de la gracia. O la una o la otra. Pero antes de entender la gratuidad, debemos mirar a la finalidad de la existencia, que se puede entender por su sola presencia: ¿cómo es posible que yo esté aquí? ¿De dónde me llega este don? ¿Es un regalo envenenado? También aquí, o reconozco la gracia del ser, o la existencia me parecerá absurda (aunque en este último caso me contradigo, porque disfruto de la existencia para despreciar la existencia – es mi propio absurdo). La acción de gracias es el fundamento de toda acción porque, si no reconozco la gracia del ser, todo lo que podré hacer será desprecio del ser, regresión, negación. Podrá asumir una apariencia humanista, presentarse como una utopía de sociedad perfecta; pero en realidad, si no veo la existencia como una gracia, esta utopía será al final el triunfo de la nada, su fundamento será el resentimiento. Bajo el pretexto de construir un superhombre o una super-sociedad, la empresa terminaría siendo la destrucción de la sociedad y del hombre.

¿Qué le ha sugerido la lectura del libro de don Giussani El yo renace en un encuentro? ¿Le parece acertado el título?
Si yo he encontrado a la gente de CL ha sido porque esas personas han encontrado una afinidad entre mi modo de abordar las cuestiones y el de don Giussani. Hace dos años yo no lo conocía para nada. Luego me pidieron hacer una presentación en París del libro ¿Se puede vivir así?, era abril de 2009. En aquel momento pude experimentar esa afinidad de pensamiento. Fue un verdadero encuentro. Me impresionó la sencillez, la fuerza, la concreción de sus palabras. La lectura de El yo renace en un encuentro ha sido la continuación de lo mismo. Cada vez que leo a don Giussani no es que encuentre ideas nuevas, porque partimos de lo mismo; lo que encuentro es algo mucho mejor, es la novedad de las ideas que yo ya tengo, una especie de energía, de empuje misionero, de ánimo para comunicarlas y vivirlas en la “dramaticidad y la leticia”. Respecto al título del libro, es una evidencia. Una evidencia que se sumerge en la profundidad de Dios. ¿Qué sabemos nosotros de esa profundidad? Dios es Trinidad, es único en tres Personas. El Padre genera al Hijo en la comunión con el Espíritu, de forma que Dios mismo es eternamente nacimiento y encuentro, un nacimiento y un encuentro infinito...

Publicado en Il Sussidiario

Un Cardenal revela que la Madre Teresa de Calcuta salvó su vocación sacerdotal

ROMA, 30 Ago. 10 / 02:42 am (ACI)

El Arcipreste de la Basílica de San Pedro recordó cómo una promesa que hizo hace 40 años atrás a la Beata Madre Teresa de Calcuta preservó su vocación al sacerdocio. La religiosa le había enseñado que sin la oración, la caridad no existe.

El Cardenal Angelo Comastri presidió la celebración eucarística para conmemorar el centenario del nacimiento de la beata en la iglesia de San Lorenzo en Roma, ante unas cien misioneras de la caridad, más de 20 sacerdotes, líderes del gobierno local y un nutrido número de fieles.

La misa fue concelebrada por el Prefecto de la Congregación para los Obispos, el Cardenal Marc Ouellet, quien leyó un mensaje del Papa al comienzo de la Misa.

En su homilía, el Cardenal Comanstri recordó un encuentro personal con la fundadora de las Misioneras de la Caridad cuando él era un joven sacerdote.

Contó que le dirigió una carta después de ser ordenado sacerdote y su respuesta “inesperada” fue sorprendente, porque estaba escrita “en un papel muy pobre, en un sobre muy pobre”.

Tiempo después, el Cardenal Comastri fue a buscarla cuando se encontraba de visita en Roma, para agradecerle por la respuesta. Cuando se encontró con ella, la Madre Teresa le hizo una pregunta que lo dejó “un poco avergonzado”.

“¿Cuántas horas al día reza?”, le preguntó.

Entre 1969 y 1970, recordó, la Iglesia estaba en un tiempo de “conflicto”, por lo que creyéndose “cercano al heroísmo”, el entonces Padre Comastri le explicó que rezaba la Misa diaria, la Liturgia de las Horas y el Rosario.

La Madre Teresa le respondió rotundamente: “Eso no es suficiente”. “El amor no puede ser vivido de forma minimalista”, le dijo, y le pidió que le prometiera hacer media hora de adoración cada día.

“Se lo prometí”, dijo el Cardenal Comastri, “y hoy puedo decir que esto salvó mi sacerdocio”.

En esa ocasión, tratando de defenderse, le dijo a la Madre Teresa que pensaba que ella le iba a preguntar cuánta caridad hacía. Ella le respondió: “¿Y crees que si no rezara yo sería capaz de amar a los pobres? Es Jesús el que pone amor en mi corazón, cuando rezo”.

Al finalizar su homilía, el Cardenal Comastri dijo que “a través de esta pequeña mujer… se nos recuerda que la caridad es el apostolado de la Iglesia, y que la caridad sólo nace si rezamos”.